BlackCeloNa, BlackCeloNa.. whats good??!
😊 incluso eso que acabo de escribir.. tiene peso propio..
Voy al lío ..
Yo no sabía que era negra.
Bueno, a ver… 🤌🏽
Sabía que mi padre era mi padre y que mi madre era mi madre. Lo que no sabía era que aquello necesitara tantas explicaciones.
Me llamo Zaida. Bueno, Zaida en las Españas, Astou en Senegal. Soy hija de Babacar, senegalés, y de Begoña, barcelonesa. La Bego, para quienes la conocen.
Nací en Barcelona. Crecí en Hostafrancs. Y yo era Zaida. De Hostafrancs. Punto.
Pero resulta que para algunas personas aquello no era suficiente.
Mi padre venía a buscarme al colegio. Todo normal. Babacar. Mi padre. Un hombre negro, senegalés, que incluso salía en televisión.
Un día vino mi madre… Y al día siguiente, niños y hasta maestros sorprendidos:
—No sabía que tu madre era blanca!
Perdona?!!!??
Pues yo tampoco había caído en que eso fuera noticia! 🤌🏽
Mi madre era mi madre.
Mi padre era mi padre.
(Una canción en la que mi padre hacía su show)
(Otra canción en la que mi padre hacía su show)
El problema no estaba en mi familia. Estaba en la necesidad que tenían otros de clasificarla. Porque yo no aprendí que era negra mirándome al espejo.Aprendí que era negra porque la gente me lo gritaba. Y no precisamente para darme los buenos días.
Así que crecí siendo una niña negra en una Barcelona que era mi casa, pero donde había personas empeñadas en recordarme que, para ellas, yo venía de otro sitio.
Y ullet 👁️ , que nadie se confunda.
Antes de que llegaran los beats de Nueva York, yo ya tenía banda sonora.
Porque la Zaida de Hostafrancs creció rodeada de personas gitanas, escuchando flamenco y rumba catalana. Aquello también era parte de mí.
Que una, que está aquí 👈🏽 no apareció en Barcelona directamente desde Brooklyn! 😌
Yo ya tenía barrio. Ya tenía raíces. Ya tenía música.
La Zaida de Hostafrancs era rumba catalana, era calle, era Barcelona.
Y después llegaron otros sonidos. (Mi padre se encargó de eso ❤️🩹). El hip-hop. El soul. Los videoclips. Las mujeres negras. Los artistas afroamericanos. Aquella cultura que cruzaba el Atlántico y aterrizaba en nuestras casas.
Y de repente vi algo que no había visto de aquella manera en mi entorno. Personas negras ocupando espacios con una seguridad que yo no conocía.
Sin pedir permiso, Siendo protagonistas, Siendo negras. Y orgullosas.
No fue que Estados Unidos me enseñara que era negra. Eso ya se habían encargado de recordármelo otros.
Fue que la cultura negra estadounidense me mostró otra manera de vivirlo.
Y me sentí en casa.
Pero no tuve que renunciar a nada.
Porque la Zaida es rumba catalana, es hip-hop, es Brooklyn y el Raval…
PERO SIEMPRE DESDE HOSTAFRANCS!!!
Y esa mezcla no era ninguna contradicción.
Era mi vida.
Con los años, acabé viviendo en Estados Unidos. Llevo aquí 25 años. Y hay algo que siempre sorprende cuando lo cuento. Personalmente, no he sufrido racismo aquí.
Que no existe? Por supuesto que existe!
Que no me puede pasar? Claro que puede pasarme.
Pero esa es mi experiencia.
En cambio, cada vez que regreso a España, mi país de nacimiento, vivo alguna situación racista.
Cada vez.
Y no, no estoy haciendo una competición para decidir qué país es más racista.
Estoy contando mi vida.
Porque una cosa es la historia de un país y otra es como una persona experimenta su día a día dentro de él.
Y a veces el racismo no llega gritando.
A veces llega disfrazado de costumbre.
—Me pones negra!
—Me estoy poniendo negro!
Expresiones que escuchamos desde pequeños y que casi nadie cuestiona.
Significa que quien las dice necesariamente pretende insultar a las personas negras? No.
Pero podemos preguntarnos por qué lo negro aparece tantas veces asociado a algo negativo?
Pues también, y cuando lo planteas, llega la respuesta de siempre:
—Ay, nena, que no lo digo con mala intención!
Y probablemente sea verdad.
Pero que algo se diga sin mala intención no significa que no merezca una conversación.
Lo curioso es que a veces hasta nosotros mismos, las personas afrodescendientes, hemos normalizado tanto determinadas situaciones que acabamos restándoles importancia.
Y entonces aparece otra frase que a mí, personalmente, me hace hervir la sangre:
—Pero tu madre es blanca, no?
Sí.
Mi madre es blanca.
Y? 🙄🤌🏽😭
Mi madre es mi madre.
Su experiencia en este mundo no es la mía. Como la mía tampoco es la de ella.
Yo no sé lo que era ser La Bego antes de tener una hija negra. Ni puedo hablar por ella.
Pero sí puedo hablar por mí.
Y tener una madre blanca no me hizo invisible al racismo.
Porque, curiosamente, cuando alguien quería insultarme por ser negra, nadie se detenía a preguntarme de qué color era mi madre.
Pero cuando hablo del racismo que he vivido, entonces sí parece importar.
Como si mi negritud tuviera que pasar una inspección.
Como si fuera mitad negra y, por tanto, solo tuviera derecho a quejarme la mitad.
Venga, va…
No estoy diciendo que todas las personas negras vivamos el racismo de la misma manera. Ni mucho menos.
El color de piel, el barrio, la familia y el entorno importan.
Mi experiencia en Hostafrancs no fue necesariamente la misma que la de otra persona negra o mestiza creciendo en el Raval durante los años noventa. Y reconocer esas diferencias es importante.
Pero reconocerlas no significa invalidarnos. La negritud no es una competición de sufrimiento.
Y mientras tanto, en aquella Barcelona de nuestra juventud, muchos afrodescendientes íbamos construyendo nuestras propias formas de reconocernos.
Hijos e hijas de familias africanas, caribeñas, españolas. Algunos con un progenitor nacido aquí y otro fuera. Otros nacidos en España de padres migrantes.
Historias distintas. Experiencias distintas.
Pero con algo que muchos compartíamos:
—Vete a tu país!
—Que soy de aquí!
—Ya, pero de dónde eres realmente!
Y otra vez.
Y otra.
Hasta que llega un momento en que dices…
Mira, sabes qué?
Que le DEN a esa pregunta!
Porque nosotros también teníamos algo que decir sobre nuestra ciudad.
Mi hermano Bobby creó una palabra desde una experiencia que también conocía muy bien:
BlackCeloNa.
Y con los años, aquella palabra fue creciendo.
Yo llevo muchos años impulsándola, reivindicándola, intentando que se conozca y que no se pierda su esencia.
No porque BlackCeloNa sea exclusivamente mía.
No porque todas las experiencias negras de Barcelona sean iguales.
Sino porque nació de algo muy concreto: de una generación que estaba cansada de tener que justificar su existencia en el lugar al que pertenecía.
BlackCeloNa no significaba dejar de ser de Barcelona.
Significaba que, si algunos insistían en negarnos nuestro lugar, nosotros también podíamos nombrarlo con nuestras propias palabras.
Y aquí vuelvo a aquella niña de Hostafrancs.
La que no entendía por qué era noticia que su madre fuera blanca.
La que escuchaba rumba catalana y Hip-Hop.
La que encontró en la cultura negra estadounidense una seguridad que no había conocido de aquella manera en su entorno.
La que aprendió que ser negra no tenía por qué ser solamente aquello que otros utilizaban para insultarla.
También podía ser:
Orgullo.
Comunidad.
Historia.
Resistencia.
Y pertenencia.
La cultura afroestadounidense me ayudó a descubrir ese orgullo, pero mis raíces nunca dejaron de estar en Barcelona.
No tuve que dejar de ser Zaida para ser Astou.
Ni dejar de ser de Hostafrancs para abrazar Brooklyn.
Porque no soy mitad de una historia.
Soy una persona entera, con todas mis raíces.
Soy Zaida en las Españas.
Astou en Senegal.
Hija de Babacar y de La Bego.
Negra. Española. Afrodescendiente.
Rumba catalana y Hip-Hop.
Brooklyn y el Raval.
Pero siempre, siempre…
¡DESDE HOSTAFRANCS!
Y si todavía te cuesta entender de dónde soy…
Pues mira, nen.
Hace tiempo que encontré otra manera de responder.
¡SOY DE BLACKCELONA, BABY!
Astou 💋
Una crónica original para 5 Micros.